¿VALEN LA PENA LOS TLCs? (I)

24/marzo/2008


EL DEBATE SOBRE EL TLC DEBE FUNDARSE EN DATOS REALES Y ANÁLISIS ECONÓMICO, NO EN FALACIAS NI EN TEMORES INFUNDADOS SOBRE LA GLOBALIZACIÓN

Hace dos semanas, en ocasión del tercer aniversario de la aprobación del Tratado de Libre Comercio –TLC- entre Centroamérica y los Estados Unidos, tres organizaciones no gubernamentales (el Foros Social Américas, la CONGCOOP y el Instituto de Estudios Agrarios y Rurales) publicaron un campo pagado señalando que el referido TLC no favorece al país ni a la mayoría de su población y haciendo un llamado a realizar un debate profundo respecto de las consecuencias de la apertura y de las políticas comerciales. Aunque no comparto muchas de las afirmaciones del campo pagado, me parece meritoria su invitación a realizar un debate profundo y a revisar las políticas de comercio internacional. Para que tal debate sea fructífero, debe partir de bases objetivas (no de tergiversaciones de la realidad) y de fundamentos técnicos (no de deseos ilusos de escapar de la globalización).

El comercio voluntario entre países beneficia a ambos, no los enfrenta

El campo pagado contiene varios datos erróneos (supongo que por descuido, no por mala fe) que conducen a conclusiones equivocadas y confunden a los lectores desprevenidos: la publicación afirma falsamente que la balanza comercial de Guatemala con EE.UU. “hasta el año 2005 fue positiva”, cuando nunca lo ha sido (el déficit comercial con EE.UU. en 2005 ascendió a US$1.3 millardos, cifra similar a la registrada en 2006). Incluso si las cifras publicadas fuesen correctas, el mensaje subyacente es técnicamente absurdo: ¿de dónde sacan que es “malo” para Guatemala tener un déficit comercial con otro país? Esta es una elemental falacia que ignora los conceptos básicos de la Economía que indican que el comercio voluntario entre dos países es ventajoso para ambos porque les permite especializarse y vender aquellos productos en los que tienen una ventaja comparativa y, en consecuencia, les permite consumir más de lo que podrían producir de manera aislada.

El campo pagado también es engañoso (supongo que sin intención) cuando suena alarmas porque las importaciones desde los EE.UU. crecieron 16.6% entre 2005 y 2007 (supuestamente, debido a la vigencia del TLC), pero convenientemente olvida mencionar que entre 2003 y 2005 (sin TLC) dichas importaciones crecieron 18.1%. En todo caso, ¿qué de malo hay en que crezcan las importaciones? Los beneficios del libre comercio vienen tanto de las exportaciones como de las importaciones, pues éstas traen productos más baratos o de mejor calidad que le dan al consumidor más por su dinero y, mediante la competencia, contribuyen a elevar la productividad doméstica. Además, la publicación hace creer (sin ninguna base técnica) que las alzas registradas en los precios de los granos básicos se podrían haber evitado si no se hubiese firmado el TLC, como si los productores nacionales pudiesen aislarse de las tendencias mundiales que han determinado tales alzas en los últimos meses.

Los datos erróneos y los argumentos falaces no contribuyen al debate. Pero evidencian que éste es necesario: es menester discutir tanto las bondades del libre comercio como sus costos y los retos de política que entrañan; y también debe debatirse si los TLCs son la mejor ruta para obtener los beneficios y minimizar los costos del libre comercio. A estos temas espero referirme en las próximas entregas.

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