¿VALEN LA PENA LOS TLCs? (II)
31/marzo/2008
EL LIBRE COMERCIO FAVORECE EL CRECIMIENTO Y LA COMPETITIVIDAD, PERO REQUIERE EDUCACIÓN, PROTECCIÓN SOCIAL Y POLÍTICAS QUE REDUZCAN LA DESIGUALDAD
El libre comercio crea oportunidades, pero también exige adaptarse
Para debatir acerca de los TLCs, un punto de partida es decidir si se está a favor o en contra del libre comercio entre países. Si se está en contra –y, por ende, se ve con simpatía que se impidan las importaciones y se acepta (en reciprocidad) que otros países hagan lo mismo con nuestras exportaciones- se concluirá, de entrada, que los TLCs no valen la pena. Pero si se acepta que el libre comercio es bueno para el progreso de las naciones, entonces se pueden empezar a analizar las virtudes y defectos de los TLCs como instrumento para tal fin.
La teoría económica señala con claridad que el libre comercio es bueno para el desarrollo económico, y en ello coinciden tanto la mayoría de economistas como muchos políticos alrededor del mundo. Los políticos ven que el libre comercio puede generar más exportaciones y empleos y, con ellos, más votos. Los economistas, por su parte, favorecemos el libre comercio porque, además de las exportaciones, permite también importar productos que agregan variedad y calidad a la oferta de productos locales, lo cual es bueno para satisfacer al consumidor e incentivar la competencia.
El comercio mundial se ha expandido dramáticamente en las últimas décadas, impulsado por las políticas de apertura comercial emprendidas por la generalidad de países, así como por la rápida reducción de los costos de las comunicaciones (gracias a la tecnología). La mayoría de estudios económicos sobre este proceso de integración mundial apunta claramente en el sentido de que el libre comercio contribuye a mejorar los niveles de ingreso de los países.
Sin embargo, si bien es cierto que durante este período de globalización el ingreso per capita ha aumentado en prácticamente todas las regiones del planeta (incluyendo a los segmentos más pobres), también lo es que la inequidad en la distribución del ingreso ha aumentado. Igualmente se ha observado que ciertos grupos de trabajadores han visto reducir sus oportunidades de empleo o sus salarios. Ambos efectos (creciente inequidad y amenazas a la estabilidad laboral) pueden generar presiones políticas y sociales contrarias al libre comercio, aunque no sea éste necesariamente el factor que los ocasione (el cambio tecnológico es quizá la verdadera causa). En ese sentido, en vez propugnar por un retroceso en materia de libre comercio, las políticas públicas deben orientarse a fortalecer los mecanismos de protección social y a minimizar los inevitables costos del ajuste para aquellos grupos de la población que puedan verse afectados por la apertura comercial. Ello implica, fundamentalmente, fortalecer la educación y la capacitación para que los ciudadanos tengan las destrezas necesarias para adaptarse a un mundo cambiante.
Otras políticas que deben impulsarse para aprovechar los beneficios del libre comercio deberían incluir aquellas que faciliten el acceso al crédito para los microempresarios, que mejoren la infraestructura, que fomenten la competitividad, que favorezcan la eficiencia y, por supuesto, que aseguren el acceso a nuevos mercados para los productores nacionales. Si acaso son los TLCs el mejor vehículo para conducir tales políticas es algo que analizaremos en la próxima entrega.