¿VALEN LA PENA LOS TLCs? (y III)

07/abril/2008


LOS TLCs SON UN RECURSO SECUNDARIO FRENTE AL COMERCIO MULTILATERAL, Y SU EFICACIA DEPENDE DE POLÍTICAS QUE FORTALEZCAN LA COMPETITIVIDAD NACIONAL

En las entregas previas vimos que, siendo el libre comercio entre las naciones un mecanismo efectivo para generar prosperidad económica, resulta válido cuestionarse si los TLCs son el medio idóneo para impulsar dicho comercio. Y la respuesta es no, ya que la liberalización bilateral (vía TLCs) resulta menos eficiente que la liberalización multilateral en el marco de la Organización Mundial del Comercio –OMC-, en la cual cualquier “concesión” (reducción de aranceles) que un país otorga a otro, es automáticamente extendida a todos los miembros de la Organización. Esta práctica, conocida como Cláusula de la Nación Más Favorecida, ha contribuido decisivamente a que el mundo haya experimentado un gran auge del comercio y un aumento en la prosperidad en los últimos sesenta años.

Sin embargo, las fuerzas proteccionistas que defienden los privilegios de poderosos (e ineficientes) productores, especialmente en países industrializados, han descarrilado las negociaciones de la Ronda Doha de la OMC, que ofrece reducir los obstáculos a la exportación de productos por parte de los países en vías de desarrollo, lo que constituye una imperdonable tragedia: el Banco Mundial ha estimado que la liberalización multilateral del comercio tendría el potencial de generar unos US$ 287 millardos, de los cuales US$ 86 millardos serían percibidos por los países en desarrollo y aliviarían la pobreza de más de 66 millones de personas.

Los TLCs abren puertas, pero no sustituyen al libre comercio global

Ante ello, los TLCs han surgido como un camino alternativo al comercio multilateral (lo que los economistas llaman un second best) para promover el libre comercio y aunque, en general, logran ese cometido, pueden tener algunos efectos colaterales indeseables. Por ejemplo, en lugar de generar oportunidades comerciales (que se crearían en un acuerdo multilateral) pueden desviar el comercio de países más eficientes (que no son miembros del TLC) hacia países miembros menos eficientes. Asimismo, cuando se negocian TLCs entre países con desigual grado de desarrollo (por ejemplo, entre Centroamérica y Europa), los países más pobres corren el riesgo de ser sometidos a las presiones e intereses de los países más poderosos que, evidentemente, tienen mayor poder de negociación.

De cualquier manera, muchas veces (no siempre) es mejor ser parte de un TLC que quedar fuera de él sin poder acceder a mercados potencialmente convenientes. Pero los gobiernos no deben caer en la tentación de querer entrar “a cualquier acuerdo comercial que se le presente”, como bien advertía el campo pagado por Foro Social Américas y CONGCOOP publicado hace algunas semanas, sino que deben ser selectivos y evaluar a cada potencial socio comercial antes de iniciar una negociación: no hay que olvidar que los TLCs son sólo un second best para acceder a nuevos mercados, y no un fin en sí mismos.

Tampoco debe olvidarse que, independientemente de si la Ronda Doha (¡ojalá!) se revitaliza o si se negocian nuevos TLCs, las políticas públicas deben enfocarse a hacer de la competitividad un pilar de la estrategia nacional de desarrollo y de reducción de la pobreza, lo cual pasa por fortalecer la capacidad exportadora y comercializadora de los productores, a efecto de aprovechar de mejor manera los beneficios del libre comercio.

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