CAPITALISMO BUENO, CAPITALISMO MALO
17/marzo/2008
EL DESARROLLO ECONÓMICO DEPENDE DE COMBINAR LA INNOVACIÓN DEL CAPITALISMO EMPRENDEDOR CON LA ESTABILIDAD DE LAS GRANDES COMPAÑÍAS
Con la caída del Muro de Berlín se proclamó el triunfo mundial del capitalismo, pero también se hizo evidente que los distintos países capitalistas tenían desempeños muy disímiles. Las diferencias se explican porque no existe un tipo único de capitalismo, sino que éste viene en una gama de sabores que genera resultados distintos según se combinen. Esta es la idea central del libro “Good Capitalism, Bad Capitalism”, escrito por el venerable William Baumol (profesor emérito de la Universidad Princeton y experto en Economía de la Innovación), en compañía de Robert Litan y Carl Schramm (ambos de la Fundación Kauffman, que impulsa la empresarialidad).
No hay un único capitalismo; los resultados dependen de cómo se mezclen sus distintas versiones
Estos autores identifican cuatro tipos de capitalismo, unos “malos” y otros “buenos” para el crecimiento económico. Primero, el Capitalismo Dirigido por el Estado, en el que el gobierno trata de guiar el mercado mediante el apoyo a ciertas industrias que estima sean “ganadoras”; este capitalismo, que podría identificarse con China y el Sudeste Asiático, puede ser útil para acelerar el crecimiento pero tarde o temprano se topa con que los recursos están invertidos de manera ineficiente y no existe un “Plan B” a seguir. Segundo, el Capitalismo del Oligarca, con el que el libro identifica a los países latinoamericanos y árabes, donde la mayor parte de la riqueza se concentra en un pequeño grupo de poderosos individuos y familias que disfrutan de un sistema económico organizado para procurar su propia prosperidad; este es el capitalismo menos eficiente. Tercero, el Capitalismo de las Grandes Compañías, donde las principales actividades económicas están concentradas en empresas gigantes consolidadas, como los chaeboles de Corea del Sur que, en opinión de los autores, pueden llevar a desincentivar la innovación y a ritmos lentos de crecimiento económico. Y, cuarto, el Capitalismo del Emprendedor (entrepreneur), donde el rol principal lo interpretan las empresas pequeñas e innovadoras, como las que, según los autores, prevalecen en los Estados Unidos, Irlanda o Taiwán.
La conclusión del libro es que “la mejor forma de capitalismo” es una mezcla del Capitalismo del Emprendedor con el Capitalismo de las Grandes Compañías, pues aquél proporciona el factor imaginativo y tecnológico que impulsa la economía, mientras que éste provee el dinero y la organización requeridos por la producción en masa. Los elementos necesarios para el desarrollo económico serían: facilitar la apertura de empresas, permitir que los emprendedores sean recompensados y se mantengan motivados, y desincentivar las actividades improductivas (como el crimen o la búsqueda de privilegios). Las recomendaciones del libro para los países en desarrollo incluyen las habituales prescripciones de combatir la inflación y la apertura comercial, aunque también enfatizan la necesidad de la educación universal y de las libertades políticas. Aunque algunas de sus ideas son debatibles, el libro plantea un esquema interesante para contrastar la actualidad de Guatemala y da una lección fundamental: no existen remedios mágicos para lograr el desarrollo pero, a lo largo del tiempo, las políticas públicas adecuadas pueden hacer la diferencia –al igual que las políticas erradas.